Por Domingo Varas Loli
Igual que Garcilaso, Blas Valera es un mestizo emblemático, en cuya vida podría estar cifrada el misterio de nuestra idiosincrasia
Cronista fantasma, jesuita rebelde, el primer historiador peruano, el peruano de más relieve intelectual del siglo XVI, el más ilustre escritor anónimo - muchos otros son los epítetos utilizados para calificar a Blas Valera, ilustre predicador de Chachapoyas, políglota, cronista, poeta y lingüista peruano.
Se trata, en efecto, de un personaje cuya vida transcurrió en un mundo en sombras, encubierto por la anonimia decretada por sus propios cofrades de la Compañía de Jesús que, temerosos de su talento, su espíritu independiente, de su identidad incaica y su rebeldía contra los excesos de los colonizadores, lo sentenciaron al ostracismo por pecados de fornicación, nunca probados. Y no les bastó eso. La obra más importante de Valera, la «Historia Occidentalis», fue destruida por manos extrañas, hasta ahora no identificadas, aunque los jesuitas achacaron tal daño al ataque y saqueo inglés que destruyó su colegio y monasterio de Cádiz.
Este es, en realidad, uno de los hipotéticos destinos de esa voluminosa crónica manuscrita. Otra de las probabilidades es que la obra habría irritado a la jerarquía eclesiástica jesuítica y que algún inquisidor de la orden haya destrozado la mayor parte de los folios. Solo una pequeña porción de estos habría llegado a manos del mestizo cusqueño Garcilaso de la Vega. Y es todo lo que se conoce de la obra historiográfica del célebre Valera, a través de los Comentarios reales de los Incas.
De su biografía apenas conocemos algunos hitos que evidencian que no fue un fantasma, sino una rara avis en un contexto histórico en el que predominaba una evangelización forzada, cundían suspicacias contra los mestizos y se entronizaba una visión pragmática que sacrificaba valores, aun en órdenes como la de los jesuitas que se preciaban de una integridad humana y santidad sin mácula.
Blas fue hijo “natural” de un conquistador y encomendero: Luis Valera y de una bella indígena llamada Francisca Pérez. Su infancia transcurrió desgarrada entre la relación de intenso afecto con su madre, quien le contaba relatos y consejas del pasado incaico, y su padre que le refería algunos episodios militares, entre ellos el de la captura de Atahualpa. Tuvo una educación esmerada desde pequeño, con un preceptor particular que le enseñó a leer y a escribir, proceso de aprendizaje reforzado de cerca por su padre.
Su señero protagonismo en la etapa incipiente de la colonización espiritual de nuestro país en el campo de la evangelización, se sustenta en su magistral predicación en quechua y aimara, en el estudio gramatical de las mencionadas lenguas amerindias, en su incursión en la crónica y en la creación literaria. La valía de su trabajo intelectual le confiere una dimensión histórica propia de un personaje excepcional. Y a pesar de haber sido rezagado por siglos hoy su figura asoma vigorosa en el libro que hoy presentamos: Blas Valera, primer cronista, poeta y lingüista peruano.
Esta obra de Íbico Rojas constituye un magnífico estudio, lúcido y erudito, sobre una de las figuras intelectuales más enigmáticas de nuestra cultura. El autor escudriña el entorno histórico-social, la vida y la obra de esta suerte de doctor Océano por la abundancia de conocimientos, la curiosidad que lo azuzó en sus investigaciones y escritos, muchos de ellos lamentablemente perdidos por obra de la incomprensión y el fanatismo de sus cofrades de la Compañía de Jesús y de sus demás contemporáneos.
El libro está dividido en tres partes, la primera denominada «Tragedia y salvación» en la que trata sobre la caída del imperio de los incas, la formación de la Compañía de Jesús y el tenso encuentro entre la cultura andina y la llamada «cultura occidental», de fuerte inspiración cristiana, y el ambiguo impacto que tuvo en la población indígena y mestiza; la segunda parte sobre «Los jesuitas en los Andes», esto es, sobre el papel de los doctrineros en la evangelización y el reto de aprender las extrañas y numerosísimas lenguas andinas para poder convertir al cristianismo a la inmensa población natural. Y aun cuando el clero optó por el quechua y el aimara como lenguas de la evangelización, no fue fácil para los doctrineros aprenderlas y el aprendizaje defectuoso repercutió en la deficiencia de la evangelización, censurada con severidad por algunos sacerdotes como Luis López y Joseph de Acosta y Diego de Avendaño. La tercera parte trata sobre «El humanismo de Valera, el fin de la anonimia», en la cual el autor rastrea el proceso de escritura de la crónica «Historia occidentalis» y evidencia la forma en que los folios manuscritos de Valera fueron entregados a Garcilaso de la Vega. Descubre que el autor de la crónica De las costumbres antiguas de los naturales del Pirú fue el jesuita Luis López. Y reafirma que el autor de la Nueva corónica y buen gobierno fue el valeroso Phelipe Guaman Poma de Ayala y no el jesuita Blas Valera.
La información abundante que proporciona Íbico Rojas permite conocer la deficiencia del clero virreinal en el proceso de evangelización de la población indígena −a pesar del esfuerzo realizado− lo que habría incidido en una práctica religiosa heterodoxa, en la que se fusiona la doctrina cristiana con los rituales incaicos, tal como se observa hasta la actualidad en los pueblos alto andinos, en cuyas fiestas patronales la liturgia cristiana es precedida y seguida de danzas paganas y abundante consumo de bebidas alcohólicas.
Asimismo, es posible entender que el mal aprendizaje de las lenguas quechua y aimara por parte de los sacerdotes, y la enseñanza precaria del castellano a los nativos habrían creado las condiciones para el surgimiento del llamado «castellano andino» −una especie de «interlengua fosilizada», como la llama Íbico Rojas−, caracterizado por marcadas interferencias fonológicas, sintácticas y semánticas, de las lenguas en contacto. Paralelamente, desde los inicios del coloniaje, los religiosos hispánicos, debido al aprendizaje inapropiado de la lengua quechua, al difundirla en el proceso de evangelización, la modificaron con muchas interferencias, dando origen a un quechua hispanizado muy diferente al que se practicaba en la época incaica.
Tal vez lo más resaltante, desde un punto de vista intelectual, sea el descubrimiento de Blas Valera como el autor del Arte y Vocabvlario en la lengua general del Peru llamada Quichua y en la lengua Española. Obra impresa en 1586, que ha circulado como anónima por más de cuatrocientos años. Un hallazgo de Íbico Rojas, realmente encomiable. Con esta obra gramatical y lexicográfica, Blas Valera se constituye en el primer lingüista del Perú y de América. Y no queda la menor duda de que Blas Valera, con su talento historiográfico, literario y lingüístico, es el mestizo peruano más célebre del siglo XVI y el primer humanista comprometido con el destino del pueblo andino.
Como todo buen libro, son más las preguntas que afloran al final de su lectura, que las certidumbres. Escrito para legos y especialistas. Íbico Rojas hace un despliegue de rigor metodológico, omnipresente a lo largo del libro y de una prosa concisa y elegante. Por momentos uno tiene la sensación de estar leyendo una novela policial o de suspenso. En algunos pasajes evoqué los momentos de intensa ansiedad que experimentaba mientras leía El nombre de la rosa de Umberto Eco. Y este creo que es uno de los más grandes méritos de este libro.
Pero quién es Blas Valera, más allá del mito que lo rodea y que, al parecer, como una aura permanente nunca lo abandonará. Se trata de un jesuita excepcional que fue por igual cronista, poeta y lingüista. Un hombre perspicaz y sensible que sorprende por el rigor científico con el que abordaba el análisis de las entidades y estructuras propias del quechua y del aimara, en particular, las fonológicas de ambas lenguas.
Humanista y políglota, que predicaba en quecha y aimará en Cusco, Juli y Potosí. Escribía elegantemente en latín, castellano y quechua. Leía en griego y hebreo. Hacía poesía en quechua y latín con igual maestría. Y estaba dotado de una facilidad enorme para aprender lenguas, es decir, tenía un excepcional «don de lenguas» como se decía en el siglo XVI.
Raúl Porras, con cierta ligereza, lo consideró como un «historiador fantasma» porque sus mejores y más trascendentes escritos aparecen refractados en forma de citas, traducidas del latín por el Inca Garcilaso y transcritas en sus Comentarios reales de los Incas, tomadas de un manojo de folios que sobrevivió a la destrucción −me refiero a los manuscritos de la «Historia occidentalis» de Blas Valera− conocida a través de las cuarenta citas en la primera parte de los Comentarios y de las dieciocho referencias adicionales en la segunda parte.
Valera escribió, al menos, cuatro obras. La más importante, «Historia occidentalis», casi se perdió en su totalidad porque fue destrozada −según dicen los jesuitas− en el saqueo de Cádiz. Los fragmentos que se salvaron fueron cedidos por el jesuita Pedro Maldonado de Saavedra, amigo de Valera, al cronista Garcilaso de la Vega en 1598, cuando este escribía sus Comentarios reales de los incas. Garcilaso citó al jesuita en temas como el nombre del Perú, la religión inca, las ventajas del idioma quechua, la poesía oriunda, los quipus, el encuentro de Pizarro con Atahualpa, el antiguo gobierno y civilización; así como relatos de los reyes, incluyendo Atahualpa, a quien defendía, mientras Garcilaso, por herencia familiar, estaba del lado de Huáscar; y en torno a la guerra civil que los enfrentó. Por lo demás, gran parte de los Comentarios reales contienen información escrita directamente por Valera, sin que Garcilaso lo citara como correspondía. Por eso el mercedario Manuel González de la Rosa lo acusaba de plagiario. Riva Agüero se encargó de refutar la argumentación de este religioso.
Los jesuitas consideraban un rebelde a Valera, que desestabilizaba el poder político y espiritual de la colonia, con sus escritos en los que enaltecía la cultura andina y su población. En otras palabras, ponía en entredicho la actitud colonialista de los españoles en las tierras conquistadas al considerar, por ejemplo, que el quechua «tiene la notable propiedad de poseer el mismo valor para los indios peruanos que el latín para nosotros».
Condenado al ostracismo, Valera simboliza al intelectual que corre el riesgo de pensar por cuenta propia, heterodoxo, original. Enfrentado a su tiempo y a su congregación por defender una evangelización más justa y humana, de acuerdo a la visión de Bartolomé de las Casas y de Iñigo López de Loyola. Su lealtad con las constituciones jesuíticas y la justicia divina, no fue entendida ni valorada en su tiempo por los directivos de la Orden segregacionistas.
Estos desencuentros hicieron que Valera viviera como un personaje casi novelesco. Sin embargo, en realidad, fue una suerte de símbolo que bien interpretado podría contribuir a develar alguna parte de nuestra compleja identidad nacional.
Blas Valera es junto a Garcilaso un mestizo emblemático, hijo natural de un conquistador español y de una india de estirpe noble, en su vida podría estar cifrada el misterio de nuestra idiosincrasia. Por ello creo que asomarse al vértigo de la vida de Valera es mucho más que saciar una curiosidad intelectual. Es una suerte de catarsis, una disección de nuestra propia mentalidad a través de uno de sus más preclaros intelectuales.
Este libro contribuye a hacer este ejercicio y por ello recomiendo su lectura y felicito a su autor por su brillante aporte a la cultura nacional.


