lunes, 9 de diciembre de 2019

James Joyce: El libertino de la palabra


Por Domingo Varas Loli

Nadie ha llevado la libertad creadora al límite más extremo que el irlandés James Joyce, quien fiel a sus necesidades expresivas no vaciló en traspasar las posibilidades expresivas del lenguaje al crear el Finnegans wake, un tour de force lingüístico cuyo resultado fue calificado de macarrónico, babélico, un rompecabezas verbal, entre otros descalificadores epítetos. Varias décadas después sigue desvelando a críticos y traductores.
Pero antes había escrito el Ulises, una verdadera obra maestra que en su capítulo final ya preludiaba el laberinto verbal del Finnegans Wake. El largo monólogo de Molly Bloom, en efecto, mima el flujo mental de esta mujer insatisfecha que recuerda rijosos pasajes de su vida sentimental. Todo este capítulo está escrito en ocho frases sin puntuación, unas veinticinco mil palabras que discurren como una corriente que se desborda de su cauce.
Con espíritu socarrón, Joyce dijo alguna vez que escribió el Ulises para mantener ocupados a los críticos durante tres siglos. No se equivocó, pues Richard Ellman, uno de los más lúcidos, expresó varias décadas después de la muerte del escritor que todavía estábamos aprendiendo a ser contemporáneos de Joyce.
Esta epopeya del lenguaje ocurre en un solo día: el 14 de junio del año 1904, y hace un retrato de la cotidianeidad en Dublín, ciudad que se erige como símbolo de la urbe moderna y las abigarradas relaciones humanas que allí se entablan; siguiéndole los pasos a dos personajes que son antípodas y complementos: Leopold Bloom y Stephen Dedalus. El impacto de la publicación de este libro aún detona en nuestros días. Fervientes admiradores como Jacques Mercandon incluso lo calificaron como la irrupción de un planeta por la meticulosa reconstrucción verbal de un mundo soberano y autosuficiente, en el que exploró las técnicas literarias más vanguardistas de la época; sobre todo el monólogo interior en su vertiente más radical, el flujo de la conciencia.
El resultado fue un torrente verbal al que solo se puede acceder siguiendo el consejo de José María Valverde, el autor de la mejor traducción de esta novela a la lengua española: “La mejor manera de leer Ulises sería zambullirse directamente en sus páginas, dejándose llevar por el poderío musical y ambiental de sus palabras…”. Este desasimiento del carácter significante del lenguaje llegó a su clímax en el Finnegans wake, donde se desvanece la trama y el lector solo escucha el rumor de las palabras. Un río de palabras sin anclaje en la lógica aristotélica, un magma verbal que antecede a la articulación del lenguaje.
Con la flema propia del humor británico, algunos de sus coterráneos han sostenido que, antes que nada, esta obra tiene que traducirse al inglés. Y Borges, al referirse al Finnegans en alguna ocasión, dijo que no leía borradores. Lo cierto es que esta proeza verbal conduce a la incomunicación al sacrificar la significación en aras de la musicalidad de las palabras y la búsqueda de las imágenes huidizas y remotas del inconsciente colectivo, la prueba es que hasta ahora se mantiene indemne a los múltiples intentos de traducción a otras lenguas.
En el español no contamos, por ejemplo, con una versión completa de esta obra inacabada que desveló a Joyce los últimos dramáticos quince años de su vida. Sólo existen traducciones parciales como la publicada por la editorial Tusquets del capítulo VII- “Anna Livia Plurabelle”-en el año 1993. El reto es encontrar un equivalente verbal en nuestra lengua a un heteróclito universo en el que solo el 10 o 15 por ciento de los vocablos son ingleses y el resto un híbrido de diversas lenguas que el autor dominaba, entre ellas el gaélico, el francés, el alemán y el italiano; así como el slang irlandés y británico. Como alguien afirmó, su traducción es para la literatura en lengua española una asignatura pendiente.

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